Jugando con las Ánimas

Por Paco Silva 

Alrededor de mis cinco años, mi madre me llevaba al panteón porque ella y mis tíos estaban remodelando la tumba de mi abuelo en el conocido «Panteón Viejo». Yo solía divertirme mucho; me la pasaba corriendo, hablando y jugando entre las tumbas. En particular no recuerdo nada fuera de lo normal, sólo que me encantaba ir por las tardes cuando el sol pegaba menos y pintaba matices hermosos en el cielo. 

Hace más de un mes tuve una revelación después de tantos años. Fuimos a visitar a los abuelos por el Día del Padre, y fue tanta mi sorpresa cuando al terminar la visita mi hermana preguntó a mamá: 

—¿Recuerdas cuando dejaste de traer a Paco porque hablaba con los niños? 

—Sí —dijo mi madre—, y me decía que los niños le pedían que fuera más seguido y que los visitara para que jugara con ellos. 

Entonces dentro de mi asombro las cuestioné sobre lo que acababan de decir, y me dijeron que me la pasaba jugando y hablando en la antigua zona de donde estaban enterrados los infantes, cerca de la antigua gran capilla de piedra que se erige sobre todas las tumbas. Mi madre me dijo que como toda mamá protectora, tuvo cierto temor a lo desconocido y me dejó de llevar porque yo le decía con insistencia que me llevara con ellos. 

Con todo esto, debo decirles que recuerdo mis tardes jugando de maravilla en el panteón, pero no recuerdo a mis pequeños amigos del más allá. Ahora, lejos de tener miedo, me siento muy conmovido porque aquellos pequeños disfrutaron de compañía. 

De favor no quiero lograr que quienes leamos esto tengan temor, al contrario; quiero que nos demos cuenta que no debemos esperar hasta el Día de Muertos para visitar a nuestro difuntos, porque de alguna manera ellos siempre están allí y entre nosotros, vayamos con ellos más seguido. 

Sé que hay muchas otras personas que han presenciado otro tipo de manifestaciones, dentro y fuera del camposanto. Debo confesar que soy muy asustadizo, y que gracias al cielo no he tenido algún susto de los tantos que me han platicado. Me pondría los “pelos de punta” si yo pasara por algo así hoy en día. Sin embargo, siento mucha paz cada que voy al panteón a mostrar mis respetos a los difuntos durante el día y en las tardes. De hecho, el Día de Muertos es de mis favoritos del año, y siento que esta paz que alberga mi alma al visitar tal lugar, es porque los niños con quienes jugaba no querían hacerme algún tipo de daño. Sólo eran almas de infantes que deseaban y desean seguir jugando y divirtiéndose como todo niño y niña debe hacer. Son almas cuyas experiencias me compartieron y les compartí, y éstas me acompañarán vaya a donde vaya durante el resto de toda mi vida, y está muy bien y les estoy muy agradecido. 

¿Sabes por qué? 

Porque la inocencia que se llevaron al mundo de los muertos, la compartieron con mi inocencia en el mundo de los vivos. Ellos simplemente querían compañía y la tuvieron, y querían jugar y lo hicimos… 

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