La Expulsión de los Jesuitas de la Nueva España

Por Rentería Muñoz Salvador chavarenteri@gmail.com 

Durante la Colonia, las órdenes religiosas se extendieron en todo el territorio de la Nueva España, sin embargo, hacia la segunda mitad del siglo XVIII, una de ellas se vio obligada a abandonarla. El 25 de junio de 1767, fiesta del Sagrado Corazón y antes de que saliera el sol, en la casa principal y en todos los colegios de la Nueva España, se presentaron los ejércitos del delegado del Virrey que notificaba la orden del rey Carlos III: todos los Jesuitas quedaban desde ese momento incomunicados y tendrían que salir para España sin más pertenencias que el breviario, la ropa puesta y el dinero que pertenecía a cada uno. 

Entre las versiones que causaron su expulsión se achacaba los Jesuitas haberse enriquecido enormemente en las misiones, haber intervenido en la política obstaculizando a los reyes de España y hasta haber planeado el asesinato de los reyes José de Portugal y Luis XV de Francia. 

Sin embargo, la razón fue más profunda, los Jesuitas a diferencia de otras órdenes religiosas se negaban a negociar con los estados no católicos. La actitud, entonces sin excepciones de los defensores de los derechos de la Santa Sede contra los regalistas (los defensores de las regalías o derechos privilegiados de la corona en las relaciones de éstas con la Iglesia) fue la verdadera causa de la expulsión de los Jesuitas en los países católicos. 

Esto explica también que el gobierno español supiera que la orden real iba a ser muy mal recibida y tomaran precauciones para evitar cualquier intento de insumisión. Los Jesuitas, aunque desolados, se sometieron sin la menor réplica ante las armas y amenazas de desaparecer la orden religiosa. El despliegue de fuerzas y las amenazas evitaron que los alumnos, amigos y parientes de los Jesuitas pudieran hacer nada más que un poco de ruido, sólo en Pátzcuaro, Guanajuato, San Luis de la Paz y San Luis Potosí hubo manifestaciones importantes de indignación popular e intentos de impedir la salida de los padres, pero los ánimos se calmaron pronto gracias a las tremendas represalias, el visitador José de Gálvez ordenó la ejecución de al menos 70 manifestantes. 

Después de un penoso viaje que duro mucho tiempo y costo la vida de muchos Jesuitas, al llegar a España fueron desterrados otra vez, ahora a los Estados Pontificios a donde empezaron a llegar en lamentable estado de miseria en septiembre de 1768. No fue sino hasta 1913 que se restituyó en México la Compañía de Jesús. 

Pese a que los jesuitas habían ejercido un papel destacado durante los reinados de la dinastía Habsburgo, cabe recordar que Carlos I era amigo personal de Ignacio de Loyola (fundador de la Compañía de Jesús), su auténtica ascensión «política» se produjo con la llegada de los Borbones a la Monarquía de España. Así, tanto Felipe V como Fernando VI tuvieron confesores jesuitas, el Padre Daubenton y el Padre Rávago, respectivamente. Sin embargo, la caída de la Compañía de Jesús comenzó a gestarse poco después, en 1754, cuando la caída del marqués de la Ensenada – todopoderoso ministro de Fernando VI y amigo de los jesuitas– dio como resultado la llegada al poder de un gobierno significativamente anti-jesuítico. Uno de los hechos más ruidosos en los primeros meses del nuevo ministerio fue la exoneración de Francisco de Rávago como confesor real. 

No obstante, la guerra de Carlos III contra la Compañía de Jesús continuó tras su salida de España. El papa Clemente XIII resistió las presiones de los monarcas europeos que pedían la supresión total, pero la elección de Clemente XIV, conocido por su poco aprecio por los jesuitas, sirvió en bandeja la posibilidad de acabar completamente con la orden. José Moñino, que posteriormente fue nombrado Conde de Floridablanca y se convirtió en el ministro de confianza del Rey, fue destinado en la tarea de convencer al pontífice, lo cual consiguió en agosto de 1773. Clemente XIV promulgó el breve «Dominus ac Redemptor» donde suprimía la Compañía de Jesús y decretaba la conversión de los jesuitas en miembros del clero secular. No en vano, algunos se negaron a acatar la decisión y se refugiaron en el reino de Prusia y en el Imperio Ruso, donde fueron protegidos por sus respectivos soberanos. 

Casi medio siglo después, en el contexto de la Restauración de 1814, el papa Pío VII emitió la bula «Solicitudo omnium Ecclesiarum», que restauraba la Compañía de Jesús. En España, el nieto de Carlos III, Fernando VII, autorizó inmediatamente su vuelta.

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