Manifestaciones desde algunas tumbas del Panteón de Jaral de Berrio

Por Paco Silva

Mientras regresaba con mi grupo de las comunidades de Emiliano Zapata y El Carretón, un amigo nos invitó a conocer el Panteón de Jaral de Berrio, sabiendo que me gusta “eso de la historia” y nos adentramos pasando la una de la tarde al lugar. 

Me mostró la primera entrada que tenía el panteón en sus inicios: un gran pórtico de cantera bajo la sombra de un pirul. De allí nos pasamos hacia los adentros, caminando con cautela entre las tumbas pues los pasillos están tan reducidos por la infinidad de difuntos que reposan. Contemplamos el gran mausoleo de cantera que sobresale entre todos los sepulcros, y me comentó que la estatua de aquella figura femenina anteriormente tenía a su lado un perro también de piedra. Observé cómo las gruesas placas de cantera que forraban la base y sepulcro estaban en el suelo, consecuencia de los estragos del tiempo y de los vivos que pasan por allí.

Al fondo nos percatamos que había un puñado de tumbas, una arriba de otra, pero lo que me tomó por sorpresa fue que un enorme árbol de pirul creció entre ellas y serpenteó entre aquellos sepulcros quebrándoles y dejando al descubierto algunos ataúdes de madera, de esos que se hacían más antes. Acto seguido, brindamos nuestros respetos al contemplar la escena y nos retiramos rodeando el lugar.

Los días siguientes platicamos aquel asunto y todos dijimos algo que nos ocurrió después de aquella visita: yo soñé con un señor vestido con un traje café llamándome de entre esas tumbas. Una amiga compartió que escuchaba susurros en su casa que le decían «reconstrúyanlas». El otro amigo dijo que en un momento antes de dormir, vio en el patio de su casa la misma caja de madera que estaba al descubierto en una de aquellas tumbas que destruyó el pirul. Por último, mi novia junto al amigo que nos invitó al panteón, dijeron tener sueños similares en los cuales veían un enorme árbol que tenía ataúdes de madera alrededor del tronco.

Nos inquietamos tanto que estamos considerando ver a las autoridades correspondientes para que se reconstruyan las tumbas de aquellos difuntos del panteón de Jaral, pues están pidiendo que se les otorgue su descanso eterno que fue interrumpido por la madre naturaleza y que su condición está siendo ignorada por los vivos.

El misticismo siempre envolverá a la comunidad de Jaral de Berrio, gran hogar del Marquesado más poderoso de la Época Colonial, pues en un momento se ha hablado de la leyenda de la niña que fue atropellada y que a los pocos días del entierro, las personas que vivían cerca del cementerio veían a una niña que lloraba y se asomaba en la entrada del panteón sin salir, pidiendo que la sepultaran en la capilla de Nuestra Señora de la Merced allí mismo en Jaral.

Se habla del fresco de La Ninfa (pintada por N. González en 1891), ubicada en una de las paredes del baño de la hacienda y de la cual se cuenta que en ocasiones cambia de posición al fotografiarle.

Hay más historias que envuelven a la hacienda y su comunidad, pero por lo pronto algunos deseamos que se reconstruyan aquellos sepulcros y también que éstos ya no caigan en el hurtar de los vivos. No tomemos los juguetitos de las tumbas de los niños, no destruyamos las lápidas de los difuntos; pues el descanso de nuestros muertos debe ser en paz y debe ser digno para que sus almas no penen y no nos sorprendan durante nuestros días, o peor aún; durante nuestras madrugadas como indirectamente nos pasó, y les pasa a otras personas susceptibles a las manifestaciones del más allá…

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